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ALBERTO SOLDADO------------------ (Nariño.Colombia)
NARIÑO, el último de los departamentos del sur de Colombia, fronterizo con
Ecuador, es y se siente diferente. En sus gentes no parecen cicatrizar las
heridas del tiempo en que fueron considerados rebeldes y traidores a la libertad
y a la independencia. En Nariño no reniegan de su héroe, el mestizo Agustín
Agualongo –el mejor hotel de Pasto lleva su nombre– que murió gritando Viva el
Reyy que prefería «un rey lejano a un tirano cercano».
El retrato de Simón
Bolívar, del que no pocos nariñenses cuentan espeluznantes historias, preside
hoy los plenos de sus ayuntamientos pero en la plaza mayor de Pasto, junto a la
catedral y a las oficinas del Banco de Santander, a cien metros del colegio de
los padres jesuítas, y a doscientos de las amplísimas oficinas del BBVA se
levanta el monumento a Antonio Nariño, «el precursor de la independencia
colombiana ». El ilustre personaje fue general y vicepresidente con Bolívar. Los
pastusos –gentilicio con el que se conoce a sus habitantes– le perdonaron la
vida siendo su prisionero. La Colombia de Nariño es desconocida en la sabana de
Bogotá donde se agolpan más de diez millones de personas que sobreviven ajenos a
la dramática realidad de los valles del sur del país. Es allí donde fracasaron
los ejércitos del libertador Bolívar porque entonces no estaba la Panamericana,
una carretera que ha permitido comunicar Pasto, cuatrocientos mil habitantes, la
capital del departamento, con Ecuador y con el resto del país. Circular por ella
es un desafío a la vida. Nadie respeta norma alguna. Los camiones aparcan en la
misma calzada y adelantar sin visibilidad es lo común. La mítica carretera de
doble sentido enlaza la Patagonia con Panamá. Es el eje de comunicación que
atraviesa el epicentro de los Andes salvando profundos cañones e imponentes
cordilleras donde no queda un palmo de terreno que no esté cultivado de
maizales, trigo, café, bananas y caña de azúcar gracias a la benignidad de su
clima –eterna primavera–, y la abnegación de sus pobladores. PELOTA A
MANO-CHAZA. En aquella tierra paradisíaca, donde se habla el más puro y elegante
castellano se disputará a finales de enero el VI Campeonato del Mundo de Pelota
a Mano-Chaza, un deporte que se mantiene con enorme pujanza en sus pueblos. Se
juega en las calles y plazas, o en espacios propios, de tierra, pues no hay
dinero para el cemento. Es el mismo juego que se mantiene en otras regiones
europeas, como Frisia, Flandes, Picardia, Lombardía, Liguria, Toscana, Valencia
o Navarra... y que, con toda seguridad llevaron los españoles en tiempos de la
Colonia, salvo mejor teoría porque los indígenas precolombinos también tenían
sus juegos de pelota, con caucho, como así nos hacen constar en sus crónicas los
primeros jesuítas que allí llegaron...... La Chaza es una manifestación de
carácter lúdico-deportiva arraigada entre las gentes más humildes de aquellos
apartados lugares. No se conoce este deporte en Bogotá, aunque los emigrantes
nariñenses empiezan a mostrarlo en alguno de sus parques. Las autoridades
nacionales han tenido que admitir en el Comité Olímpico la nueva federación
deportiva que lo aglutina, no sin ciertos recelos y salvando una infinidad de
requisitos legales. El anuncio del Mundial, y la presencia de una delegación
internacional ha invertido la situación. Gente europea apuesta por un evento
“orbital”-—según la expresión del lugar-— en una nación poscrita por la mala
propaganda, y además, en una región que siente su alma herida por una
discriminación histórica. No es de extrañar que las élites universitarias de
Bogotà y de Pasto hayan acogido con complacencia el espíritu de la Confederación
Internacional de Juego de Pelota: “unirse en la diversidad en torno al deporte
popular de los campesinos”. Desde las alturas del Gobierno se ha dado la orden
de apoyar el evento. El diario El Tiempo,el más influyente del país, ha
preparado suplementos especiales. En Pasto anuncian una ceremonia inaugural que
congregará a miles de espectadores. EL MUNDIAL, UNA ILUSIÓN COLECTIVA. Ante el
exterior, el problema de Colombia es la seguridad. La violencia es intrínseca a
la historia del país. Sus razones últimas hay que buscarlas en la desesperanza
de millones de personas condenadas a condiciones de miseria. Hay un conflicto
político indudable aunque muchos pretendan hablar hoy de narcoterroristas,
adjetivo con el que se pretende desprestigiar las razones ideológicas de una
lucha armada representada en el ELN o en las FARC. ¿Qué futuro tienen los
jóvenes de los pueblos nariñenses si no es el de la emigración o enrolarse en la
lucha armada? Basta visitar estos apartados lugares para caer preso de la
amabilidad de sus gentes, de sus deseos de paz y de preguntarse cómo pueden ser
rentables unos microfundios cuyos cultivos arrancados de las paredes andinas han
de extraerse a base de burros... Sólo el cultivo ilegal de la cocaína, cuyos
beneficios no recaen precisamente en los más humildes... Allí, en Guaitarilla,
Guayucal, Santoná, Buesaco o San José de Alban, en los últimos rincones poblados
a los que hay que acceder por infernales caminos llegará un Mundial diferente de
un deporte que presume de serlo. Los indígenas del lugar se sienten
protagonistas ante el mundo, quizás por primera vez en quinientos años. ¿Qué
fuerza va a pertubar esta ilusión colectiva de las sencillas gentes que pueblan
aquellos apartados rincones? “Esa es la mejor seguridad”, nos garantizan desde
las entrañas de Nariño
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