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jueves, 30 junio del 2005

ALBERTO SOLDADO------------------ (Nariño.Colombia)

 

NARIÑO, el último de los departamentos del sur de Colombia, fronterizo con Ecuador, es y se siente diferente. En sus gentes no parecen cicatrizar las heridas del tiempo en que fueron considerados rebeldes y traidores a la libertad y a la independencia. En Nariño no reniegan de su héroe, el mestizo Agustín Agualongo –el mejor hotel de Pasto lleva su nombre– que murió gritando Viva el Reyy que prefería «un rey lejano a un tirano cercano». 

El retrato de Simón Bolívar, del que no pocos nariñenses cuentan espeluznantes historias, preside hoy los plenos de sus ayuntamientos pero en la plaza mayor de Pasto, junto a la catedral y a las oficinas del Banco de Santander, a cien metros del colegio de los padres jesuítas, y a doscientos de las amplísimas oficinas del BBVA se levanta el monumento a Antonio Nariño, «el precursor de la independencia colombiana ». El ilustre personaje fue general y vicepresidente con Bolívar. Los pastusos –gentilicio con el que se conoce a sus habitantes– le perdonaron la vida siendo su prisionero. La Colombia de Nariño es desconocida en la sabana de Bogotá donde se agolpan más de diez millones de personas que sobreviven ajenos a la dramática realidad de los valles del sur del país. Es allí donde fracasaron los ejércitos del libertador Bolívar porque entonces no estaba la Panamericana, una carretera que ha permitido comunicar Pasto, cuatrocientos mil habitantes, la capital del departamento, con Ecuador y con el resto del país. Circular por ella es un desafío a la vida. Nadie respeta norma alguna. Los camiones aparcan en la misma calzada y adelantar sin visibilidad es lo común. La mítica carretera de doble sentido enlaza la Patagonia con Panamá. Es el eje de comunicación que atraviesa el epicentro de los Andes salvando profundos cañones e imponentes cordilleras donde no queda un palmo de terreno que no esté cultivado de maizales, trigo, café, bananas y caña de azúcar gracias a la benignidad de su clima –eterna primavera–, y la abnegación de sus pobladores. PELOTA A MANO-CHAZA. En aquella tierra paradisíaca, donde se habla el más puro y elegante castellano se disputará a finales de enero el VI Campeonato del Mundo de Pelota a Mano-Chaza, un deporte que se mantiene con enorme pujanza en sus pueblos. Se juega en las calles y plazas, o en espacios propios, de tierra, pues no hay dinero para el cemento. Es el mismo juego que se mantiene en otras regiones europeas, como Frisia, Flandes, Picardia, Lombardía, Liguria, Toscana, Valencia o Navarra... y que, con toda seguridad llevaron los españoles en tiempos de la Colonia, salvo mejor teoría porque los indígenas precolombinos también tenían sus juegos de pelota, con caucho, como así nos hacen constar en sus crónicas los primeros jesuítas que allí llegaron...... La Chaza es una manifestación de carácter lúdico-deportiva arraigada entre las gentes más humildes de aquellos apartados lugares. No se conoce este deporte en Bogotá, aunque los emigrantes nariñenses empiezan a mostrarlo en alguno de sus parques. Las autoridades nacionales han tenido que admitir en el Comité Olímpico la nueva federación deportiva que lo aglutina, no sin ciertos recelos y salvando una infinidad de requisitos legales. El anuncio del Mundial, y la presencia de una delegación internacional ha invertido la situación. Gente europea apuesta por un evento “orbital”-—según la expresión del lugar-— en una nación poscrita por la mala propaganda, y además, en una región que siente su alma herida por una discriminación histórica. No es de extrañar que las élites universitarias de Bogotà y de Pasto hayan acogido con complacencia el espíritu de la Confederación Internacional de Juego de Pelota: “unirse en la diversidad en torno al deporte popular de los campesinos”. Desde las alturas del Gobierno se ha dado la orden de apoyar el evento. El diario El Tiempo,el más influyente del país, ha preparado suplementos especiales. En Pasto anuncian una ceremonia inaugural que congregará a miles de espectadores. EL MUNDIAL, UNA ILUSIÓN COLECTIVA. Ante el exterior, el problema de Colombia es la seguridad. La violencia es intrínseca a la historia del país. Sus razones últimas hay que buscarlas en la desesperanza de millones de personas condenadas a condiciones de miseria. Hay un conflicto político indudable aunque muchos pretendan hablar hoy de narcoterroristas, adjetivo con el que se pretende desprestigiar las razones ideológicas de una lucha armada representada en el ELN o en las FARC. ¿Qué futuro tienen los jóvenes de los pueblos nariñenses si no es el de la emigración o enrolarse en la lucha armada? Basta visitar estos apartados lugares para caer preso de la amabilidad de sus gentes, de sus deseos de paz y de preguntarse cómo pueden ser rentables unos microfundios cuyos cultivos arrancados de las paredes andinas han de extraerse a base de burros... Sólo el cultivo ilegal de la cocaína, cuyos beneficios no recaen precisamente en los más humildes... Allí, en Guaitarilla, Guayucal, Santoná, Buesaco o San José de Alban, en los últimos rincones poblados a los que hay que acceder por infernales caminos llegará un Mundial diferente de un deporte que presume de serlo. Los indígenas del lugar se sienten protagonistas ante el mundo, quizás por primera vez en quinientos años. ¿Qué fuerza va a pertubar esta ilusión colectiva de las sencillas gentes que pueblan aquellos apartados rincones? “Esa es la mejor seguridad”, nos garantizan desde las entrañas de Nariño
 
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